Una autobiografía soterrada (ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones), de Sergio Pitol

La novela, en su definición más amplia,
no es sino una impresión personal
y directa de la vida.
Henry James

Leyendo a Pitol, uno siempre se sumerge en sus remembranzas, en los vericuetos ocultos de su singular memoria. Sus novelas, sus cuentos y demás palabras regadas son las ideas pero, sobre todo, los recuerdos de un memorioso. Como señala en una de sus páginas: “Sobre cualquier tema que escribo logro introducir mi presencia, me entrometo en el asunto”.

Las líneas de esta autobiografía nos llevan por sus “tiempos de aventuras”: en un barco por el Caribe rumbo a una finca en Sudamérica; la noche, una de borrachera, en la cual perdió sus zapatos (los intercambió) en un bar arrabalero bajo las luces de la vieja Habana. Nos transportamos al recuerdo de su primer cuento, a las noches y días en los cuales escribía Nocturno de Bujara y a la noche de la conversación que inició la escritura de Juegos florales. Nos recuerda un día de 1937, cuando vio a su madre ahogarse en el río Atoyac; describe el mejor cuento de Borges y nos cuenta de sus desvelos literarios. También habla de su actualidad, sus problemas con la palabra hablada y las camas de hospital que lo hacen reflexionar sobre el cuento.

Desvela su intención (para aquel lector que comienza a descubrirlo) de establecer una oquedad como el centro de sus tramas y de cómo necesita “crear una realidad permeada por la niebla”, donde sus personajes deambularán e intentarán, infructuosamente, descifrar los enigmas de su historia. Pero siempre teniendo en mente a “la realidad como la madre de la imaginación”, pues como él dice: “Todo está en todo.”

El final de la autobiografía es memorable: los recuerdos de una conversación con Carlos Monsiváis, la cual versa sobre El mago de Viena, Borges, Alfonso Reyes y muchos otros. Y los dos coinciden en algo: hay que saberse rodear de personajes más que de personas, tal vez recordando a Fitzgerald y su novela A este lado del paraíso. En una de sus líneas, Pitol escribe: “La palabra es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta”. Y eso hace esta corta pero profunda autobiografía: nos desentierra las vivencias de Sergio Pitol –algunas repetidas ya varias veces– y nos lleva al encuentro con los filamentos que arman la vida de uno de los grandes escritores mexicanos pero, al revelar, oculta otras que sólo se descubren a través de sus novelas y cuentos.  Y el final de sus escritos, como el final de una vida, siempre queda abierto, pues escribir es “dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo”.

Pablo Cabada

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